Siempre formal, camisa planchada, zapato boleado, con la mirada seria de quien resuelve problemas detrás de un monitor. Trabajaba en sistemas, feliz en mi mundo de redes, firewalls básicos y servidores que se apagaban justo cuando más se necesitaban. Era, sin saberlo, un hacker de closet.
Me encantaba jugar con el código como quien juega ajedrez con la realidad.
Una tarde cualquiera, después de la comida, regresé al edificio caminando por uno de los pasillos principales del corporativo.
Y ahí lo vi.
Un hombre tirado en el suelo.
Me detuve. Literal.
¿Qué hace alguien acostado así justo en la ruta por donde pasan los ejecutivos? pensé, con esa mezcla de curiosidad y fastidio que uno tiene cuando está en modo oficina.
Me acerqué.
Y cuando lo vi bien… sonreí.
Era Fernando.
Un reencuentro con sabor a adolescencia. A las calles de Reynosa, donde crecimos. A las chamoyadas de la colonia Jardín, las originales. A conversaciones de secundaria sobre niñas, televisión por parabólica y actividades comunes de nuestra edad.
No existían los celulares, y menos las redes sociales.
Vivíamos todo al natural, sin filtros.
A Fernando lo conocí gracias a Lauro. Éramos como esos tríos inseparables de película noventera: uno más creativo, otro más risueño, el otro más loco.
Nos actualizamos con una sonrisa que escondía años sin vernos. Él ya venía de Guadalajara, donde había estudiado y conoció a un gran amigo suyo, Ricardo, que después también sería parte importante en mi camino sin que yo lo supiera aún.
Me contó que andaba en el mundo audiovisual, haciendo video institucional, pero su sueño real —el que le quitaba el sueño— era la fotografía de bodas.
Yo no sabía nada de bodas.
Bueno, sabía tomar fotos, sí. Desde niño. Era mi hobby, mi juego favorito.
Pero dedicarme a eso… jamás lo había pensado.
Fue Fernando quien me mostró el universo de los fotógrafos de boda que ya se estaban abriendo camino en México. Me presentó el grupo de Foro de Fotógrafos (FDF) de Rodolfo Arpia —a quien años más tarde tendría el gusto de conocer— y me habló de cómo los gringos estaban retratando bodas con un estilo documental, narrativo, sin poses forzadas. Me fascinó.
Era otro mundo.
Y entonces, el momento clave:
Fernando tenía una boda que no podría cubrir.
Una en Reynosa, nada menos que la boda de Rodolfo, a quien en la prepa le decíamos “El Pollo”, amigo también de aquellos años donde la vida parecía infinita y sencilla.
Me dijo:
—Beto, aviéntate tú.
¿Yo? ¿Una boda entera? ¿Pagada?
Nunca había hecho una.
Tenía la cámara, tenía la intuición, tenía la emoción… pero experiencia profesional, ninguna.
Y aún así, me aventé.
Con los nervios a flor de piel, la camisa bien fajada y la cámara lista.
Recuerdo cada instante de esa boda como si fuera ayer.
Ese día cambió mi perspectiva.
Entendí que la fotografía no solo era un hobby.
Era una forma de vida. Un modo de estar presente. Una manera de contar historias que no se repiten.
Desde ese día, llegaron muchas bodas más.
Tantas que en algún punto, perdí la cuenta.
Hoy ya no cubro bodas de forma constante. Hago, si acaso, seis al año.
Pero al escribir esto… me dan ganas de volver.
Porque hay algo en las bodas que me regresa a mi centro.
Disfruto tanto cubrirlas, porque es cuando entro a mi mundo, ese donde observo cada gesto, cada detalle, cada emoción que a veces pasa desapercibida para todos menos para el que mira con el alma.
Y si hay un momento que me llena de alegría profunda, es cuando el novio baila el vals con su madre.
Para muchos, la boda es de la novia —y es cierto, es su gran día—
pero ese momento del vals entre madre e hijo es infinitamente feliz.
Cada vez que lo veo, recuerdo el mío con mi madre.
Y es ahí donde me quiebro por dentro, donde sonrío desde la emoción más honesta.
Porque ese vals también es para ella.
La madre que lo vio crecer, que lo suelta con amor, con lágrimas discretas, sabiendo que su niño se convierte en hombre.
Cuando eres padre, entiendes lo que pesa y lo que vale ese instante.
Y pienso en esa frase que ha marcado muchas decisiones en mi vida:
A veces solo se trata de aventarse, aunque no sepas del tema.
Y así empezó todo.
Gracias a mi padre, por haberme enseñado el mundo de la fotografía.
Gracias a Fernando, y a todos aquellos que han creído en mí durante todo este tiempo.
Hoy me dedico —y sigo creyendo profundamente— en lo que más me apasiona:
crear memorias y bellos recuerdos.
Gracias por leerme.